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 Cuento. La vida en la alcancía o la moneda que no sabía comportarse.

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coleccionomoscas
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MensajeTema: Cuento. La vida en la alcancía o la moneda que no sabía comportarse.   Miér 03 Ago 2011, 11:40 am

Os presento este cuento que ya escribí hace tiempo, a ver que opinión os merece. Sed sinceros, que la críticas educan, las malas forman y las buenas fortalecen.


LA VIDA EN LA ALCANCÍA
O
LA MONEDA QUE NO SABÍA COMPORTARSE


De pronto, casi total oscuridad. Solamente una ranura, allá en lo alto, permitía el paso de la luz. Cuando la moneda, acostumbrada ya a la penumbra, pudo vislumbrar el que sería su nuevo hogar, dejó escapar una leve exclamación de rabia.
Desde que fue acuñada, a partir del mejor troquel, siempre pensó que su destino sería, como mínimo, digno del alto concepto que de ella misma tenía. Después de haberse deslizado en carteras de más o menos postín, nuestra protagonista fue a parar como dádiva a manos de niño que, a las puertas de una iglesia, pedía para su familia. Acostumbrada como estaba a ser sobada por manos de uñas limpias y libres de durezas, cuando notó la pátina de la pobreza en la aún infantil piel, un leve estremecimiento sacudió su metálico cuerpo. Su valor facial era el más alto de toda la familia de monedas. Aunque hermana de todas las demás de su valor, se distinguía de ellas por una impronta que, debido a un error de cuño, convirtió a la moneda en única. Hija del orgullo, menospreciaba como inferiores a sus compañeras de trabajo. Incluso hospedada en insignes talegas, detestaba a las otras, camaradas del mismo nivel de honra y sujetas a las mismas leyes que a su dueño se le antojaran. Todo ello convergía en el rencor que generaba allá donde su figura se hallase. Desconocedor, el ocasional propietario, de la batalla silenciosa de su dinero, nunca hizo gestos a favor o en contra de ninguna de sus menudas inquilinas; por lo que nuestra ofendida moneda siempre esperaba caer en mejores manos.
En estos pensamientos estaba sumida cuando, precipitadamente, fue sacada de uno de los bolsillos de su último dueño.
Fue breve el contacto con la luz del sol, lo justo para ver la faz del que iba a ser su dueño para siempre. A pesar de haber visto la expresión de agradecimiento del pequeño, no tuvo a bien sentirse honrada de ser el objeto de la felicidad del mendigo. Supo, al encontrarse con otras monedas del más ínfimo valor, que aquél no era su lugar. ¿Como iba a entablar diálogo con aquellas monedas de tan baja estofa? Algunas conservaban el rastro de la profesión de anteriores dueños: llenas de grasa unas, otras medio limadas y las más, con el canto estriado lleno de la más variada inmundicia. Como su valor era proporcional a su peso, por la simple ley de la gravedad, ocupó la zona más baja del bolsillo del pequeño. Notaba con suma claridad el paso firme y despreocupado del niño. Cuando llegaron a la mísera casa de la familia, fue expuesta, junto con las demás, en una mesa de apolillado castaño. La madre, con un bebé en el regazo, miraba con satisfacción el dinero que les daría de comer durante unos pocos días. Observó asimismo la moneda su entorno, percatándose de que a su forma iba dedicada una especial atención por parte de la madre. La moneda pensó, sin acierto, que tal atención era debida al hecho de ser la mujer poseedora de tan magnífico ejemplar. ¡Qué lejos de la realidad! La escuálida progenitora solo vio en la reluciente moneda la seguridad de unos días de alimento. Por ello, aconsejó al niño que la guardara en la hucha para que, en un futuro más duro si cabe, pudiese hacer falta. Fue a partir de este momento, donde la moneda se encontró por primera vez desvalida, poseedora solamente de un valor que ella consideraba mundano, carente de prestigio, un valor destinado únicamente a la subsistencia de la familia.
Las demás compañeras chismorreaban entre ellas ante la llegada de la orgullosa moneda. Las de menor valor simplemente se apartaron, incapaces siquiera de mantener la presencia de la nueva cerca de ellas. Las que se atrevieron a hablar fueron las inmediatas inferiores. Un grupillo, formado por cuatro de ellas, increparon a la recién llegada. Le preguntaron por su pasado, por su ceca, por la calidad de su aleación; temas de conversación habituales entre monedas para romper el hielo. Contestó con altivez a las preguntas que estimó eran convenientes para dejar claro su estatus dentro de la prisión de barro cocido. Sorprendida por la falta de asombro de su público, dedicó un mohín de desprecio a la congregación. El mayor inconveniente de su nueva vida era la falta de espacio. En el pasado, o bien metida en un pliegue o bien destinada al bolsillo de un chaleco o incluso en las carteras, podía lograr algo de la intimidad que necesitaba. Ahora, como islote en un mar de islotes, la privacidad era algo que no se podía plantear.
Los días pasaron y la rutina de apoderó de ella. Las demás, acostumbradas a ese tipo de vida, pasaban las horas charlando entre ellas o bien apilándose en inestables montones de extrañas columnas. El ánimo de la moneda aunque todavía fuerte, estaba a punto de resquebrajarse. Se había dado cuenta de que para poder llevar su destino de la mejor manera posible, debía mezclarse con las otras y compartir sus juegos y pasatiempos. Una cosa era saberlo y otra dejar que el orgullo sucumbiera ante la necesidad. Al final, la supervivencia gana a tan nefandos sentimientos.
Una mañana (y esto lo sabía por la inclinación de los haces de luz que entraban por la rendija) decidió, aún luchando consigo misma, involucrarse en el jolgorio general. Llamó la atención de la más antigua de ellas. Ésta, con los cantos limados para aliviarla ilegalmente del peso de su metal noble, era la que gobernaba de facto en la alcancía. Como esperando a ser requerida desde hacía tiempo, la vieja moneda se hallaba repantigada sobre un lecho de monedas de cobre casi totalmente gastadas. Se presentó la solicitante y expuso su cambio de sentimientos. Se alegró sobremanera la vieja y la felicitó por su cambio de actitud. Expuso de manera concisa lo que significaba vivir en una hucha a la espera de ser necesitada. Le contó que muchas llevaban ahí desde el principio, enmoheciéndose y oxidándose por el paso del tiempo y por la humedad de la insalubre vivienda de la familia. Siguió hablándole, marcándole normas de comportamiento que redundarían en una mejor calidad de vida para ella y para todas. Lo que no debía olvidar, consistía en que no eran dueñas de su destino, estaban sometidas a la voluntad de la mujer y esto las condicionaba mucho. Nunca se sabía cuando una de ellas podría ser requerida para aliviar algo de las necesidades del bebé o del niño; aunque dadas las expectativas de miseria, creían que no sería muy tarde el día en que el barro de su prisión se rompiera en más trozos que monedas habitaban allí. Después de éste y más consejos, la vida se dulcificó notablemente para ella. Parloteaba con todas y descubrió que su riqueza no se fundamentaba en el número que el troquel había dejado de manera indeleble en su disco, sino en la esencia de su alma, en lo que aportaba, tanto a sus compañeras como a los que hacían uso de su valor pecuniario.
El día esperado por todas parecía haber llegado. Desde el exterior provenían palabras sueltas que, por su tono y cadencia, solo podían significar malas noticias. Consiguieron entre todas hilar el tema de la conversación. Sacaron, como conclusión, que el casero iba a desalojar a la familia; a no ser que se hiciera efectivo el pago en un plazo concreto. Eran malas noticias relativas; para el conjunto de las monedas, aquello significaba al fin su puesta en libertad, pero para la familia significaba el comienzo de un aciago futuro. Diversos tonos metálicos poblaron el rancio ambiente de la sala. Fueron dispuestas en columnas según su valor. Después de realizar una escueta contabilidad, la suma ascendía a la mitad de lo exigido. El semblante de la madre reflejaba la angustia por el incierto futuro de sus hijos. Sabía, con absoluta certeza, que el casero nunca se apiadaría de ellos.
Sin que, obviamente, se percatase de ello, un pequeño conciliábulo tuvo lugar sobre la ajada mesa. Mientras sollozaba la desdichada mujer, el plan previsto por las monedas acabó de ser urdido. Con un esfuerzo que solo se puede justificar con la intervención de fuerzas, que a pesar de calificarlas de desconocidas no es menos verdad que están siempre presentes, la ahora solidaria moneda consiguió separarse del montón y caer al suelo de tierra apisonada. Se mantuvo erguida, postura que no perdió, dando comienzo su periplo.
El viento fresco de la mañana se deslizaba sobre sus cantos produciendo un leve ulular. Firme y resuelta, avanzaba por las callejuelas de la ciudad, con el propósito de su misión perfectamente definido en su alma. Aunque ella no lo supo hasta más tarde, su desaparición conllevó aún más desesperación a la triste familia, si ello podía ser posible. Ajena por lo tanto a esos sentimientos, la moneda seguía el camino forjado por la estratagema que ella misma y sus compañeras habían elaborado. Durante más de un día estuvo rodando por infectas aceras, esquivando las miradas de avaricia de los pobres y las de mero coleccionismo de los ricos, hasta que dio con la persona que estaba buscando. Era aquella que la había dado como limosna al niño de la familia. Representó bien su papel de encontradiza y fácilmente fue recogida del suelo por su anterior dueño. Su vanidad no quedó satisfecha porque no fue reconocida por el hombre, simplemente fue introducida en la bolsa. De todas formas aquello no pareció importarle ya que la primera parte de la misión acababa de ser completada.
Ubicada ya donde quería, se dispuso a empezar con la segunda parte de su plan. Rodeada de otras monedas, comenzó un discurso que tuvo una muy fría acogida. La resistencia inicial no la cogió desprevenida, sabedora de que, más que ella, ninguna había sido tan orgullosa y extravagante. Supo de la suma que contenía el cofre donde descansaban todas mezcladas. Sería más que suficiente para aliviar a la familia de la carga del alquiler durante más de un año. Utilizó los mismos caminos que ella recorrió hasta llegar al estado de pensamiento que ahora marcaba su proceder. No consiguió el beneplácito de la totalidad pero sí el de la gran mayoría. Escogió como íntimas aliadas a sus hermanas de valor (que en aquel cofre serían unas veinte), ¡qué diferencia en los caudales del rico y del pobre!, delegando en cada una de ellas la responsabilidad de dirigir una sección del cofre. El plan original incluía la colaboración involuntaria del hombre. Tal como esperaba, en una de las tantas veces que él iba a hacer acopio de dinero, olvidó echar el candado al cofre. Aprovecharon las decurias monetarias para desfilar sin producir el más leve ruido o señal que indicara que allí se estaba llevando a cabo una evasión en toda regla. Como bien había supuesto, era tarea imposible ir hasta la casa de la familia. Aprovechando la noche, y también la falta de luz artificial, llegaron hasta una cueva de la que tomaron posesión. Estableció este tesoro ambulante allí su refugio, acordando esperar la continuación de su aventura. La cabeza visible de la expedición, nuestra protagonista, anunció que el próximo paso a dar sería ir a buscar al niño. Ella sola emprendió el camino de vuelta al que consideraba su hogar. Apareció sin más, sin alharacas, delante de los asombrados ojos del niño. Sin siquiera recogerla del suelo, fue a anunciar a su madre la noticia. Cuando los dos se enfrentaron a la moneda, ésta, pareciendo que cobraba vida, se irguió sobre su canto y empezó a deslizarse hacia la salida de la casa. La madre, sorprendida, solamente pudo articular un vago sonido que indicaba a su hijo que no perdiera la pista de lo que representaba al menos parte de una felicidad pasajera. Estuvo un par de veces a punto de ser cogida por el ágil y escuálido muchacho pero como no fue así, consiguió llegar hasta la boca de la cueva y precipitarse allí. El niño, temeroso de haber perdido la moneda, arremangando la raída camisa, introdujo la mano, palpando la oscuridad. Sus dedos, aún de impúber, rozaron un montón de discos fríos que tomó como restos de algo desconocido. Como la curiosidad es un bien innato en los niños, sacó un puñado de aquello que había palpado. Cuando el refulgente metal salió a la luz, el niño no podía dar crédito a sus ojos. Como si fuese avaro de reconocida prosapia, se guardó esas y todas las que encontró en la cueva, incluyendo, por supuesto, a la cabecilla.
El camino de vuelta a casa, a pesar de no ser excesivamente largo, se tornó infinito y complicado para el niño. Temeroso de ser objeto de un atraco o de una paliza, veía enemigos por todas partes; por lo que, cuando llegó a su casa, antes que dar la buena nueva a su madre, se tiró sobre el mugriento jergón que era su cama y dejó escapar un suspiro que alivió rápidamente su corazón. Sin mediar palabra, en la misma mesa que habían dispuesto para el primer recuento de su ahorros, el niño vació los bolsillos, exhibiendo de esa manera su increíble hallazgo. La madre, estupefacta, consiguió esgrimir un inapreciable sonido que denotaba la incredulidad de lo que sus ojos le enseñaban. El niño contó lo sucedido, sin omitir detalle.
Habían satisfecho la deuda con el casero. Éste, con el dinero en su bolsillo, simplemente se giró, encaminándose hacia la calle, con la idea de no volver por allí hasta el siguiente pago.
El bebé y el niño retomaron la salud exigida a la cordura. Con el dinero sobrante, que era aún mucho, la madre estableció un pequeño negocio de modistilla que, aunque nunca la convertiría en rica, siempre le daría para comer y para pagar el alquiler.
El agradecido niño no había olvidado a la moneda. Aquel día, cuando sacó de sus bolsillos el tesoro encontrado, dejó escondido en su calcetín a la moneda revoltosa.
Una tarde, el ya no tan niño, se dirigió hasta un taller de joyería y encargó un trabajo especial. Hoy, con los años encima, aquella orgullosa moneda, que siempre había querido encontrar un lugar merecedor de su valía, al fin lo había hallado. Pende, engarzada con sencillez, sobre el pecho del niño convertido en hombre. No hay en el mundo mejor lugar que estar al lado de un corazón agradecido.
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MensajeTema: Re: Cuento. La vida en la alcancía o la moneda que no sabía comportarse.   Miér 03 Ago 2011, 12:29 pm

Bravísimo
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MensajeTema: Re: Cuento. La vida en la alcancía o la moneda que no sabía comportarse.   Miér 03 Ago 2011, 12:40 pm

A mi tambien e ha gustado Bravísimo


Visita el blog de moneda aragonesa
http://www.monedadearagon.wordpress.com
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Zorro_rojo
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MensajeTema: Re: Cuento. La vida en la alcancía o la moneda que no sabía comportarse.   Miér 03 Ago 2011, 12:59 pm

Bonito relato, habrá segunda parte? je je je


Gracias. Bravísimo Bravísimo Bravísimo Bravísimo


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David
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MensajeTema: Re: Cuento. La vida en la alcancía o la moneda que no sabía comportarse.   Miér 03 Ago 2011, 1:36 pm

Esta extraoridanariamente bien narrado. Deberias editarte un libro (HISTORIA DE UNA MONEDA).

Saludos.
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MensajeTema: Re: Cuento. La vida en la alcancía o la moneda que no sabía comportarse.   Miér 03 Ago 2011, 1:39 pm

Buen relato Bravísimo
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Leione
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MensajeTema: Re: Cuento. La vida en la alcancía o la moneda que no sabía comportarse.   Miér 03 Ago 2011, 2:32 pm

@David escribió:
Esta extraoridanariamente bien narrado. Deberias editarte un libro (HISTORIA DE UNA MONEDA).

Saludos.

O hacer una recopilación de cuentos con moraleja al estilo de los infantiles.
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MensajeTema: Re: Cuento. La vida en la alcancía o la moneda que no sabía comportarse.   Miér 03 Ago 2011, 3:10 pm

entretenido,haber si sigo el rastro del niño,que igual dejo alguna. en que cueva fue?
un saludo y la verdad muy ameno de leer.
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Platero
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MensajeTema: Re: Cuento. La vida en la alcancía o la moneda que no sabía comportarse.   Miér 03 Ago 2011, 4:06 pm

Bonito cuento y gran idea la de humanizar las monedas, aunque para mi gusto es una historia demasiado extensa. Creo que se podrían hacer varios cuentos muy cortos utilizando esta base en distintas situaciones, pero con la misma moneda, según va circulando. Felicidades.


Si cierras la puerta a todos los errores dejarás afuera a la verdad (Rabindranath Tagore)
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Buskeitor
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MensajeTema: Re: Cuento. La vida en la alcancía o la moneda que no sabía comportarse.   Miér 03 Ago 2011, 7:47 pm



Está muy bien estructurada, pero para ser un cuento utilizas un lenguaje demasiado técnico numismático y por las demás expresiones se nota la utilidad del diccionario de sinónimos y antónimos o pecas por haber leido demasido.
Opino como Platero, con el mismo texto podrías hacer varios cuentos más cortos y simples de comprender para niños, y si le añades fotos públicas hasta 20…jejeje (es lo que hacen los cuentistas).
Un cuento, es para la literatura como un comic para el dibujo, deberán quedarse únicamente los trazos más simples que le dan forma y luego exagerarlo con bonitos colores.
Gracias por compartirlo y darnos la oportunidad de opinar, ya es difícil ponerse a escribir como para aguantar que te critiquen los que no lo hacemos.
Bravísimo


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coleccionomoscas
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MensajeTema: Re: Cuento. La vida en la alcancía o la moneda que no sabía comportarse.   Miér 03 Ago 2011, 10:30 pm

Os agradezco mucho vuestras opiniones. Muchos de los relatos que he escrito tienen como objetivo el ser enviados a concursos y, como ya sabéis, son muy rígidos con la extensión mínima del relato. Claro que también hay microrelatos, de los cuales os iré poniendo alguno más. Respecto a lo que me comenta Buskeitor, es cierto que abundan términos, pero no suelo utilizar diccionario de sinónimos, simplemente, como apuntabas, es defecto de un depredador de libros.
Pues si me animáis, iré añadiendo algún relato más ...............
Otra cosa, habéis dado por hecho que está orientado para niños, y la verdad es que cuento infantil aún no he tratado.

Gracias a todos por vuestras críticas.
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David
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MensajeTema: Re: Cuento. La vida en la alcancía o la moneda que no sabía comportarse.   Jue 04 Ago 2011, 10:40 am

Pues gracias por esos próximos relatos.
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MensajeTema: Re: Cuento. La vida en la alcancía o la moneda que no sabía comportarse.   Vie 05 Ago 2011, 12:03 am

Esperando esos próximos relatos, recibe felicitaciones por éste que nos acabas de regalar


No añoro el tiempo pasado, ni ansío el tiempo futuro, pero el presente lo vivo.
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Cuento. La vida en la alcancía o la moneda que no sabía comportarse.
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